viernes, 15 de abril de 2016

He vivido tanto tiempo en la ignorancia
que pienso que todo el mundo -la mayoría-
es ignorante.

He vivido tanto tiempo necesitando
esperando
ayuda,
que pienso que todo el mundo la espera,
que la necesita.

He vivido tanto tiempo en la escasez
que aprendí a no darme nada
que no podía
que no lo merecía
como no me dieron.

Que cuando descubro algo,
antes incluso de terminar de recibirlo lo estoy dando
para que todos lo tengan.

Que no termino de llenarme ni de centrarme en mí,
tanto tiempo estuve dándome afuera.

En los tiempos del barbecho de la niñez
fui esclava -de quien debió amarme y servirme
fui palangana de escupitajos -de quien debí aprender a ver mi propia grandeza
fui la envidia mala -de a quien yo sólo me hubiera nacido admirar.

Y recibí golpes.
E insultos
Me orinaba de miedo y fui humillada.

No conocía, era una niña, los desastres históricos de las guerras sociales.
Mas no me hizo falta
para conocer cómo arrasa en una vida la falta de amor,
para vivir el temblor de la inseguridad y el frío de la incertidumbre,
para aprender a acallar la alegría, que terminó soterrando la tristeza.

En aquellos tiempos yo fui rebelde primero.
Luego aprendí que en la perfección a veces habían halagos
aunque fueran sólo ante extraños.

Entonces, para cuando me di cuenta ya me había acostumbrado a someterme,
me había olvidado de mí misma,
y caí en la depresión de la conciencia de la contradicción,
del miedo a decidir
de la parálisis ante la culpa de ese dios terrible que me enseñaron sus golpes.

Luego a los veinte tuve el valor de salir de aquel campo, aunque fuera a rastras.

Y sólo diez años más tarde he conseguido levantarme de verdad
al tener un hijo.

Por él me he dado el permiso de amarme de verdad,
como me merezco
-como se merece que se ame su madre.

Y entonces veo cómo hay gente que ha estudiado bien
profundizando en lo que le apasiona,
esas cosas que a mí me gustan y que sólo toqué en superficie -qué miedo de bajar más.

Que ha vivido pronto lo que pronto se debe vivir
-antes eso me entristecía, pero ahora sólo lo vivo como yo quiero ahora.

Que culta o no, está arraigada en sí misma
-qué gran regalo poseen!

Antes yo pensaba que las generaciones nos parecíamos.
Y en algo debe ser cierto.
Aunque yo venga de un recóndito lugar que no se parece mucho a la que pertenezco.

Pero también veo gente a quienes bombardean su ciudad.
Niños humildes a cuyos padres matan uniformes descorazonados por mentes sin bondad.

Niños de tu ciudad y de la mía, en Sudamérica y en Madrid
de sólo dos años y menos
que son violados en su sexo.

Y así se les recibe en el mundo.

Y ellos solos. ¿Quién se da cuenta, hasta que lo descubren?

Ellos son los que peor lo pasan, los niños.
Como lo pasé yo.
No ahora, por mucho que haya sufrido,
es la niña de dentro la que sufrió.

Y sufren los animales hacinados en granjas, en vez de vivir libres al sol.
Y nosotros sonreímos ante un filete o una hamburguesa cada día como si eso fuera correcto.
-porque no vemos, la mayoría, de qué terrible lugar viene la carne
ni hemos sentido su dolor.

...

Una cosa he aprendido
y supongo que todos tenemos que aprenderla
-y a través de lo que venga entonces mantenernos en esa verdad-:
que la vida, la calma de estar centrados en la inalienable vida que somos,
permanece, más allá del sufrimiento mental y corporal.

Por eso sé que una piedra siente.
Porque también una planta
si es que un animal también
porque yo y mis iguales sienten.

Me queda una cosa por hacer en la vida:
Afirmarme en esta Libertad que he encontrado en mi Camino,
y Enseñársela a los que saben menos y andan preguntando en sí.
Y lo haré junto a los que ya caminan este camino, antes que yo y a la vez conmigo.

Y sé que ya antes que yo otros lo terminaron.
Y que algunos de esos
a nosotros nos ayudan y nos guían.

Gracias

22:14
15/4/2016
Fuenlabrada



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